CADA COSA POR SU NOMBRE

Desde hace algún tiempo, una idea ha estado taladrando en mi cabeza, pidiendo entre refunfuños y protestas, ser escuchada; y como yo no soy mucha cosa, sino un pobre hombre buscando un poco de atención, no tengo el derecho a negarle su paso por el mundo; aunque solo sea un corto camino.

A decir verdad, no sé cómo empezar, pero voy a dejar que todo salga como el vómito de la posesa Regan en la película El Exorcista.

Si bien al principio, esta reflexión surgió, como una observación ligada al ejercicio de mi profesión, pronto fui notando que no era solo un fenómeno en el campo de la psicología, sino que es una plaga que ha corroido todos los campos, y caricaturizando sentimientos o enfermedades tan profundas y en muchos casos incomprensibles.

Estoy seguro que no soy el único al que frecuentemente le dicen, o ha escuchado por ahí; en fragmentos de conversaciones agarradas en el aire, afirmaciones como, “Tengo depre”, “¡Qué bipolar eres!”, “soy medio autista”, “es que sufro de TDAH”, entre otras más oraciones así, que verbalizan con la más absoluta de la tranquilidad y; por supuesto, de la ignorancia. Y es entonces cuando a mí, me quiere poseer ese mismo demonio y lanzar a esa gente por el aire, pero el cura de la prudencia reprende todo acto del demonio dentro de mi, y yo me quedo ahí, todo tranquilo, con mi cara de idiota.

Mas, lo cierto es que nos hemos acostumbrados a llamar las cosas por su no-nombre. A cualquier tristeza profunda por la ruptura con una pareja, por la pérdida de un examen; o por lo que sea, la llamamos depresión. Cuando ocurre un cambio aparentemente drástico en nuestro estado del ánimo, de una aseguramos que es bipolaridad; como si fuera índice de salud mental que tuviéramos que tener la misma emoción todo el santo día. Cuando estamos en medio de una conversación y nos sumergimos en nuestros pensamientos; hasta el punto de no escuchar, no sentir, no ver nada, nos disculpamos diciendo, “perdón, es que soy medio autista”.

Y así, vamos por la vida caricaturizando, degradando, anulando, degenerando, atenuando, rebajando, matizando; y todos sus demás sinónimos, discapacidades cognitivas y graves enfermedades psicológicas que afectan la funcionalidad en las esferas de la vida social, laboral, sentimental, académica y afectiva de una persona, incapacitándola e aislándola en la mayoría de los caso.

De cualquier modo; como dije antes, no solo es en este caso. Al cabo de un mes de noviazgo, ya nos estamos diciendo “Te amo”; y con esto no quiero, ni estoy negando la posibilidad de que sea cierto, pero de lo que sí somos culpables es, de haber simplificado un sentimiento tan poderoso y hermoso, otorgándole el burdo lugar de una obsesión, capricho o atracción sexual.

Y digo “nos”, porque este llamado de atención debe ser primero para mí. Le hemos quitado el valor a la palabra; quizá una de las mayores garantías con las que podía contar una persona. Tomamos palabras que en un principio eran particularmente poderosas, empezamos a repetirla a diestra y siniestra; como si no hubiera un mañana; a todo el mundo; sin importar si se decía desde el corazón, y como resultado, el significado de muchas de estas, terminaron siendo, desgastados y vacíos clichés.

Por lo tanto; en mí barata y vulgar opinión, considero que es el momento de empezar a darle valor a nuestra palabra; hablando sin traicionar lo que sentimos; desde el corazón, pero también desde el cerebro, imprimiéndole dirección, fuerza y sentido a lo que decimos; y entonces, tal vez así; llamando a cada cosa por su nombre, podremos devolverle su valor.

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