REFLEXIONES SOBRE CRECER Y MADURAR

A cierta edad; y después de haber pasado por múltiples experiencias dolorosas que tienen que ver con la autoestima, afectividad, crecer, madurar; sobre todo madurar, uno termina aprendiendo a regañadientes que las novelas son una terrible adaptación de la vida, y en la mayoría de los casos el final no es precisamente feliz; y que, por el contrario, la vida en sí misma, es una batalla cruenta y salvaje que se libra en su manera más atroz en el interior de cada quien.

Llega la hora, en que uno comprende que, pasar de la infancia a la adolescencia significa despertar del país de las maravillas, y empezar a ver el mundo y a las personas en su más pura esencia; cuerpos que funcionan por inercia; gente reprogramada para llevar una rutina tediosa; seres para los que la vida no tiene los mismos colores de la niñez. Entonces, comprendes que crecer resulta ser una de las cosas que más te pueden hacer sufrir; que el madurar implica una serie de transformaciones interiores para las cuales muchas veces no estamos preparados, y tener que desprenderse de cosas, de sucesos o personas que no nos permiten dar ese paso.

Llega ese instante a la vida de cada uno, en el que ocurre una explosión de hormonas en tu interior, que desatan el caos en tu cuerpo. Entonces, comienzas a experimentar un fuerte deseo por calmar ciertos impulsos, que tu cuerpo pide a gritos saciar; pero si tu preferencia sexual no concuerda con la de la mayoría; esa etapa, puede resultar aún más agobiante de lo que, por sí, ya es.

Notas con desespero como tus pensamientos, tus deseos e impulsos se dirigen a quien no se debe; que algo está mal en ti, que no eres normal, o, al menos, eso es lo que el mundo te dice; y es que cuando uno se encuentra viviendo este pequeño infierno prematuro, pareciera que el universo conspirara en contra nuestra, y todas las señales que nos llegan, son para confirmar lo aberrante de nuestros gustos.

Llega el día; para unos, rápido; para otros, tarde; y para otros tantos, muy tarde; o tal vez nunca; –triste-, en el que nos damos cuenta que nunca hubo, ni habrá nada malo en nosotros. Que, el definirnos como gays, lesbianas, bisexuales, transexuales; o de cualquier otra forma, no es un problema para nosotros, sino para los demás quienes son los que problematizan la sexualidad. Que, mucho menos nos define, pues en el vasto espectro de la personalidad, la sexualidad no ocupa un lugar grande; y en ella, el de la orientación sexual es mucho más pequeño.

Y llega el día en el que, entendemos que tenemos que vivir nuestra vida, expresar nuestros sentimientos sin juzgar y sin miedo a ser juzgados; mostrarse tal cual uno es sin pensar en lo que digan los demás; de ser felices sin tener que dar explicaciones a nadie, sean cuales sean las consecuencias.

Uno capta que, en la vida, lo mejor es dejar fluir; dejar que las cosas sucedan como tengan que pasar, sin presionar, sin forzar, sin crearnos ningún tipo de expectativa.

Y entonces, nos damos cuenta que cuando cambiamos nuestra forma de pensar; como una especie de metanoia, vivimos más tranquilos, más contentos, más despreocupados. De algún modo, sin darnos cuenta, vamos actuando como la frase de Julio César; en Comentarios sobre la Guerra de las Galias, “Cuando lleguemos a ese río, ya hablaremos de ese puente”.

Pero quizás, lo que mejor llegamos a comprender es que la vida es un camino de constante aprendizaje, que nos prepara para vivirla. Sí, así; que la vida nos prepara para la vida, y en ella las lecciones vienen en forma oportunidades, situaciones y personas. Y para probar y fortalecer nuestro carácter, es necesario llorar mucho, sufrir bastante y equivocarnos miles de veces; como el oro que es forjado y probado su valor en el fuego. Entonces veremos que el mundo es mucho más que esa fórmula dicotómica; sí-no, blanco-negro, joven-viejo, hombre-mujer, heterosexual-homosexual, cielo-infierno, bueno-malo; y que, por el contrario, en medio de esas dos polaridades existen dos o tres ideas más, aparte de las que ya vienen instaladas en nosotros por defecto.

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