VENI, VIDI, VICI

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que realicé una publicación en el blog, y por fin, después de algunas semanas y cientos de días, volví a sentarme delante de mi computador y dejar que mis dedos; movidos por todos esos pensamientos que se aglutinan en mi cabeza queriendo ser libres, volaran entre tecla y tecla y tecla, y fueran llenando esta; aunque virtual, hoja en blanco.

Y, la verdad es que desde hace 21 días exactamente cuando llegué a Roma, no he podido parar, no he descansado, no había tenido tiempo de escribir, porque esta ciudad me absorbió por completo, y me era imposible estar en casa;  el poco tiempo que he estado en ella, descansando, y no estar pensando y esperando, casi al borde de la desesperación, el momento para volver a salir y descubrir; o más bien perderme en Roma.

Entrar a sus calles y dejar que la asombrosa arquitectura de los edificios me dejara con la boca abierta. Escuchar a los italianos hablar; y aunque en muchos casos no entendía nada de lo que decían, quedar prendado de la lírica y emocionalidad con la que hablan su lengua. Abrir mi boca para probar las diferentes cosas que comen acá; por supuesto la pizza y el gelato, y sentir cada papila gustativa derretirse en mi boca. Salir del metro y quedar perplejo ante la inmensidad del Colosseo, que después de miles de años, aún se resiste a caer, para que nadie se olvide que Roma, es la Capital del Imperio. Llegar a las Ruinas del Foro de Augusto, y sentirme sin aire al estar en el mismo sitio donde probablemente nació el derecho romano. Andar siempre con la expectativa y la emoción que siente un niño pequeño cuando juega con su papá a “¿Onde ta bebe?”, de no saber que encontraré cuando cruce por la siguiente calle, mientras mi mente trabaja sin descanso tratando de reconstruir cada ruina que veo, y devolverle la grandeza de sus mejores días.

Pero, un amigo me dijo que viviera; que luego habría tiempo para escribir, y leer, y todas esas demás cosas, pero no para vivir; y en general eso es lo que he estado haciendo; viviendo y disfrutando de este momento. Mi Instagram puede dar fe de ello. Y sí; repito, eso es lo que estaba haciendo, por eso no había escrito, no me había aparecido por estos lados. Pero hoy he tenido la imperiosa necesidad de escribir; mi mente me lo pedía a gritos, y he tenido la obligación de venir a encontrarme conmigo mismo, con mis letras, con lo que soy.

Sin embargo, en realidad, no quería hablar de eso; ya tendré tiempo para contar todo lo que he . Lo que en verdad he querido contar, es sobre lo mejor que me ha pasado aquí en Roma, y es algo que tiene que ver con el miedo. No, no me equivoqué, quiero contarles sobre el miedo…

…O tal vez, terror. Eso fue lo que sentí cuando aterricé a la 1 de la madrugada, solo, al otro lado del mundo, y si alguien hubiera visto mi cara; de hecho, los que la vieron, pensarían que había venido, llamado por una mala noticia.

Era el tener que buscar la forma de llegar yo solo a casa a esa hora. El idioma. La gente. La cultura. La universidad. Era saber que mi mamá no iba a estar a mi lado; para ayudarme, para apoyarme, para venir en mi auxilio, ni ahí, ni ahora, ni en los próximos seis meses.

Era justo por eso: lo nuevo. El miedo que se siente al salir de la Zona de Confort. Miedo ante lo desconocido; como escribió una vez Lovecraft: “La emoción más antigua y fuerte de la humanidad es el miedo, y el tipo más antiguo y más fuerte de miedo es el miedo a lo desconocido”. En mi cabeza no tenía ningún esquema, que me dijera qué debía hacer, cómo había que actuar, dónde tenía que ir. Esa fue la primera vez que pisé una tierra con una zona horaria diferente, y ahí estaba yo; un joven corriente de 23 años, con sueños y aspiraciones; quizás más grande que yo, de pie en medio de un aeropuerto grande, con el miedo invadiendo cada parte de mi ser y la emoción que se siente al estar en otro país.

Entre la felicidad más grande; al estar cumpliendo uno de mis sueños, y fuertes momentos de incertidumbre y duda; a saber, si podría con todo esto, pasaron los siguientes días desde que llegué. Y justo así, entre esa ambivalencia de emociones, fui a la Universidad en la fecha para la inducción, y entre evento y evento de bienvenida, conocí a personas maravillosas, a otros jóvenes, a toda una comunidad de estudiantes internacionales que han llegado aquí impulsados por sus sueños, motivados por el anhelo de hacer algo grande, con la ilusión que sus nombres no queden en el olvido, con hambre de comerse el mundo, y con la plena seguridad que esto no es el límite, sino el punto de partida. Mi punto de partida.

Entonces, fue cuando tuve una de las mejores experiencias que he vivido desde que llegué aquí: no tener miedo. Y tengo que decir, que, vencer el miedo, es una de las sensaciones más increíbles que alguien puede sentir en el mundo. No es solo de sentir que te quitan un peso de encima, que puedes respirar con tranquilidad porque no estás solo, sino la de sentir que agarras la vida de frente, que eres más fuerte, que nadie te detiene, que eres David, Superman, Batman, que eres invencible, que eres capaz; capaz de hacer cosas que nunca pensaste hacer, estar en lugares que no imaginaste y conocer personas que no creías que existieran.

Y ahora entiendo y aprendí, que no tanto es la emocionalidad del momento, de sentirme así, sino el madurar, crecer, aprender. Pero lo que más he entendido y aprendido de todo esto hasta ahora, es que, precisamente, debemos enfrentarnos y hacer las cosas que nos produzcan miedo.

 

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7 comentarios en “VENI, VIDI, VICI

  1. Me encantó, plasmas tu esencia en tus letras y déjame decirte que expresas muy bien tu experiencia en Roma. Desde un alma de escritor a otra alma de escritor, mis más sincera felicitaciones por enfrentar ese miedo.

    1. Candy, sinceramente debo decir que me siento más que honrado de leer eso. De corazón a corazón y de escritor a escritor: ¡GRACIAS!
      Espero poder tener la gracia de seguir escribiendo y lo que escriba, siga siendo de tu agrado. Un gran abrazo

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